
Arder en el invierno
introducción de Ana María Shua
edición original
Baile del Sol, Tenerife, 2010
colección Narrativa
ISBN: 978-84-92528-93-6
104 págs
fotografía de cubierta: Luciano Reges
«A través de un clima onírico, cargando de melancolía, se cuenta y no se cuenta una desoladora historia de amor, que es también una historia de nostalgia, que es también poesía, que es también pasión, y contiene ese delicado entusiasmo por el fracaso que define la buena literatura: Marcelo Luján sabe, como cualquier escritor de raza, que ninguna historia humana termina bien».
Ana María Shua, extracto de la introducción
anillos | babeles | cartografías | disfraces | espejos | fechas | gérmenes | hogueras | ídolos | jinetes | kilómetros | lienzos | medicinas | norias | ñoquis | ojos | pirámides | quijotes | regalos | sirenas | tumbas | umbrales | visiones | whiskys | xenofobias | yunques | zonas
arder en primera: 14. norias
Doy una vuelta completa sobre el eje de la buena fortuna. Ensayo el próximo paso. Giro. Vuelta completa. El mareo es mordaz y algo cavernícola y me lleva a pensar en todos los porqués. Y de pronto lo descubro: giro para verte mejor: regateo para olerte mejor: ando para saborearte mejor: y me mareo para tocarte mejor. Tocarte es también verte y saborearte: girar como un loco hasta que los inviernos no ardan. Olerte las partes mágicas es la tecla que modifica la sustancia. Soy la perinola de tus días dulces azucarados integrales. Soy persona y eje y descubridor. Amago a posarte mis manos (siempre) frías para percibir tus temblores de nena acristalada. Con qué facilidad se calienta la pava en la hornalla del presente. Con qué habilidad la calentamos. Y sin embargo cuánta ceguera tenemos a la hora de no calcular el dolor. Ecuaciones de primer grado con resultado negativo. Vísperas de fines de semana: un micro rojo y blanco: la estación sin bar ni subsuelos: tu valija que ya es mi valija. Quiero seguir girando y girando para que mareadito y todo consiga olerte saborearte tocarte y volver a calentar la cocina con vistas al jardín. Por eso ensayo el próximo paso. Por eso me cuido. Por eso me agarro al eje. Por eso tengo preparado el magiclic que dispara fuego. Pisar en falso sería no descubrirte nunca más.
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arder en segunda: 28. anillos
Te cuesta bastante ponértelo pero mucho más te costará quitártelo: cordón metálico que nos aprieta los vicios del anular, que representa y acompaña y tantas veces obliga. Que después -en el infaltable tiempo de los adioses-, resultará desdén o sabor a espanto. Los hay planos y los hay redondos, los hay brillantes y hasta dorados: el corazón de un anillo es siempre el mismo. Pero claro: si cerrás los ojos volvés a verla cruzar Fuencarral como una luz para meterse en aquella tiendita donde los buscó como se busca un tesoro imposible, donde los encontraron como si fuesen a llevarlos toda la vida. Orificio alado que penetrás con tu dedo las veinticuatro horas de los días blancos, que prometés no quitarte no quitarte y sin embargo nunca es tiempo suficiente.
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arder en tercera: 81. zonas
Existe un lugar que no es la pampa húmeda ni la medialuna fértil y aun así las semillas brotan imparables: surgen nacen crecen: sobretodo crecen. Un lugar que no registra antecedentes de infelicidad o desamparo. Un lugar plácido a la vera del camino donde los sustantivos resisten al cerrojo de la arbitrariedad. Un lugar de nombre exiguo. Amplio en la memoria. Perseverante. Donde hombres y mujeres. Bailan. La danza de la eterna dignidad. Pueden allí los carentes lavar perfectamente sus ropas. Sus harapos de invierno y desazón. Patagonia de sentimientos. Desierto y huella y hontanar. Un lugar invisible para el cretino: espejismo que aumenta la sed. Acuden armados y no pasan. Los responsables de la mala hora. Rebotan. Se traban. Son ahuyentados. Húmedo y fértil: un lugar cuya geografía invita a la grandiosa rebelión. Poco necesita el trébol para defenderse en la maleza. Existe un lugar que no engaña. Que no admite disimulos. Réplica acertada de cierto refugio. Donde una vez. Está documentado. La pareja perfecta se revolcó bajo un manzano.