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Con las manos sobre el
volante y el cigarrillo entre los dedos, Luque giró la cabeza y miró el
mapa que tenía extendido en el asiento. Ya lo había repasado varias veces
en el transcurso del día: había calculado el tiempo basándose no sólo en
los kilómetros, que la noche siempre alarga, sino también en la pobre
velocidad máxima que podía alcanzar la furgoneta.
.
Le dio dos pitadas cortas al cigarrillo y por alguna extraña razón volvió
a mirar el mapa. Recorrió con la vista el trayecto que tenía que hacer
para llegar hasta La Serena, los cruces, los diferentes caminos: imaginó
esos detalles. También imaginó la madrugada en el errante Valle de Amata
que alguna vez había visitado y del que sólo recordaba cierto puñado de
casas adheridas a una ladera.
.
Apagó entonces la luz de la cabina, giró la manivela y bajó el cristal de
la ventanilla para largar la última bocanada de humo. No le gustaba fumar
mientras conducía: prefería la radio: no música sino el sonido de la
radio. Arrojó la colilla: vio cómo caía. Afuera, apenas salpicadas por el
neón del alumbrado público, las calles de Cabezanegra parecían
arrinconadas por el frío y la desolación de la noche. Sacó la mano,
acomodó levemente el espejo lateral: no hacía falta. Perros callejeros, en
grupo pero sin orden, cruzaron raudamente de una esquina a otra y después
desaparecieron. Luque oyó un ladrido. Luego otro. Era un lunes quebradizo,
de esos que pasan sin pena ni gloria; era un pueblo perdido en medio de la
sierra al que algún chiflado, pensó Luque, le había puesto de nombre
Cabezanegra.
.
Arrancó la furgoneta y encendió las luces. Corrió la palanca de la
calefacción. Todavía no era invierno pero se frotó las manos como si lo
fuera. El temido viento del norte no sólo helaba al pueblo sino que lo
dejaba más o menos incomunicado hasta las primeras horas de la mañana.
Nadie había sabido explicarle bien por qué y sólo él, un forastero
porfiado cuya mentalidad urbana no daba crédito a semejantes cosas, habría
buscado por enésima vez en la radio alguna frecuencia estable.
.
Sí, tenía ganas de abandonar aquel lugar lo antes posible, salir a la
carretera que fuera, llegar a La Serena, que el gerente de compras fuera
un verdadero gerente de compras y aceptara sin peros el pedido de
veintiocho unidades. Volver a casa, quería. Claro.
.
Enchufó el cargador del teléfono móvil en un orificio del torpedo. Después
conectó el cable en la cola del aparato y abrió la tapa. Una luz brillante
iluminó su rostro y también el corazón de la cabina. Entonces Luque miró
el indicador de cobertura: nada. |
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