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    [ Premio Kutxa Ciudad de San Sebastián 2007 ]
  Serie Cuento en Castellano
ISBN: 978-84-7173-498-2

    62p 21x13cm
rústica

 
 

 

Con las manos sobre el volante y el cigarrillo entre los dedos, Luque giró la cabeza y miró el mapa que tenía extendido en el asiento. Ya lo había repasado varias veces en el transcurso del día: había calculado el tiempo basándose no sólo en los kilómetros, que la noche siempre alarga, sino también en la pobre velocidad máxima que podía alcanzar la furgoneta.
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Le dio dos pitadas cortas al cigarrillo y por alguna extraña razón volvió a mirar el mapa. Recorrió con la vista el trayecto que tenía que hacer para llegar hasta La Serena, los cruces, los diferentes caminos: imaginó esos detalles. También imaginó la madrugada en el errante Valle de Amata que alguna vez había visitado y del que sólo recordaba cierto puñado de casas adheridas a una ladera.
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Apagó entonces la luz de la cabina, giró la manivela y bajó el cristal de la ventanilla para largar la última bocanada de humo. No le gustaba fumar mientras conducía: prefería la radio: no música sino el sonido de la radio. Arrojó la colilla: vio cómo caía. Afuera, apenas salpicadas por el neón del alumbrado público, las calles de Cabezanegra parecían arrinconadas por el frío y la desolación de la noche. Sacó la mano, acomodó levemente el espejo lateral: no hacía falta. Perros callejeros, en grupo pero sin orden, cruzaron raudamente de una esquina a otra y después desaparecieron. Luque oyó un ladrido. Luego otro. Era un lunes quebradizo, de esos que pasan sin pena ni gloria; era un pueblo perdido en medio de la sierra al que algún chiflado, pensó Luque, le había puesto de nombre Cabezanegra.
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Arrancó la furgoneta y encendió las luces. Corrió la palanca de la calefacción. Todavía no era invierno pero se frotó las manos como si lo fuera. El temido viento del norte no sólo helaba al pueblo sino que lo dejaba más o menos incomunicado hasta las primeras horas de la mañana. Nadie había sabido explicarle bien por qué y sólo él, un forastero porfiado cuya mentalidad urbana no daba crédito a semejantes cosas, habría buscado por enésima vez en la radio alguna frecuencia estable.
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Sí, tenía ganas de abandonar aquel lugar lo antes posible, salir a la carretera que fuera, llegar a La Serena, que el gerente de compras fuera un verdadero gerente de compras y aceptara sin peros el pedido de veintiocho unidades. Volver a casa, quería. Claro.
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Enchufó el cargador del teléfono móvil en un orificio del torpedo. Después conectó el cable en la cola del aparato y abrió la tapa. Una luz brillante iluminó su rostro y también el corazón de la cabina. Entonces Luque miró el indicador de cobertura: nada.

 

 

 

 

 

 

     
   

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