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La mujer que estuvo
llorando a mi lado acaba de bajarse en Areeiro. No sé por qué insisto en
seguirla con la mirada mientras ella recorre sin ganas la planicie del
andén, un poco errante, yendo y viniendo extraviada, arrastrando los
zapatos y el rostro y vaya uno a saber cuántas cosas más.
.
Bajo levemente la vista, revuelvo las manos: entre las piernas tengo una
bolsa, en mi memoria el sonido vívido de su llanto. Todo lo tangible queda
relegado y de pronto es superfluo. Sé que dentro la bolsa hay un vestido
para mi madre. Sé que las puertas del vagón aún están abiertas y que el
tren, en efecto, continúa detenido. Sé que la gente espera de pie y
también sentada y que en cierto recoveco, debajo de aquel asiento o sobre
la maqueta gomosa del suelo, en el sudor que pegotea los dedos al hierro
del pasamano, en las yemas de esos dedos, la suerte juega a la escondida y
los segundos son minutos y los minutos horas y las horas compases que
terminan siendo el corazón de una vida.
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Pero lloraba, la mujer.
.
Había subido una estación después que yo, en Baixa-Chiado, la segunda
parada de este tren con dirección Campo Grande, destino al que me dirijo
después de una larga jornada de turismo, que comenzó sobre las nueve de la
mañana, cuando salí del hotel y desayuné y fui hasta Cais do Sodré para
tomar otro tren costero y trashumante que me depositó por fin en Estoril.
Y ahora Estoril no es más que un efímero recuerdo que se opaca o disuelve
bajo el candor de esa mujer, de esa, la que todavía puedo ver a través del
cristal de la ventanilla. Las puertas siguen abiertas y los desconocidos
se miran entre sí como si en el otro rostro estuvieran las respuestas de
lo que nunca pudo ser.
.
Un viejo de pelo largo, de pie en el fondo del vagón, suelta un chistido
ruidoso y mueve la cabeza como si lo molestara una mosca. Aquella señorita
de chaqueta blanca o crema consulta varias veces su reloj: algo, entre las
agujas y el cuadrante, comienza a no tener solución. Esos dos, codo a
codo, se dicen cosas por lo bajo: el que acerca las palabras tiene todo
claro, el otro descubre que nada es eterno o que la eternidad se quedó
para siempre en los días de la escuela primaria. Y esa niña que tararea
una canción, y esa madre de mirada ausente que no la oye. Una abuela
vestida para la hora del té, pensativa tras el maquillaje y los años y las
arrugas. Un adolescente con mochila, de pie: el ruedo de sus anchos
pantalones lamiendo la mugre o la indiferencia. Hay más gente, por allá,
por acá. Todos en la terca maquinaria de la carcoma, en el cansancio de la
mala espera. Sí: nunca es bueno el ambiente cuando un tren (subte, tranvía
o trolebús) se queda parado más de lo debido: la gente se pone arisca,
inquieta, observadora y hasta agresiva o irónica. Tal vez esto se deba a
la simple pero fatal certeza de estar atrapado bajo la tierra: una
ecuación de aristas claustrofóbicos que pocos logran descifrar. Abro las
piernas y, al mismo tiempo, la bolsa: veo el vestido, las flores, la
etiqueta grapada a un costado del escote. Se oye un pitido y las puertas
se cierran con hermetismo.
.
Pero el tren aún no arranca.
.
Ladeo un poco la cabeza, busco el ángulo. Toda mi visión se reduce a la
enorme publicidad de jabón en polvo que empapela la pared del andén, donde
una niña rubia se acurruca sobre una torre de ropa recién lavada. Y sonríe
o resuella. Y de su sonrisa o resuello sale la frase têm uma borboleta
preta. Está la niña, la ropa, la caja del producto y, en el vértice de
ésta, una mariposa negra. Me resulta algo siniestro el mensaje, la
combinación entre lo rubio y lo preto, entre lo limpio y lo negro, lo
sucio, lo perfumado, la sonrisa. Y todo para anunciar jabón en polvo.
.
Rozo el vidrio de la ventanilla con el pelo, me apoyo en ella para
encontrar a la mujer. Ahí está: primero de pie junto a una papelera y
después en cuclillas: intenta cubrirse el rostro. Se nota que es joven
pero también que los años comienzan a pesarle. Ahí está: camina unos pasos
y vuelve a sentarse contra la pared (otra vez el rostro cubierto o
escondido). Se pone de pie y observa algo secreto. Otra vez camina,
siempre sin rumbo aparente, siempre con el peso de esos malos años que
envejecen a cualquiera. Pasa justo frente a mi ventanilla, absorta. En
cierto momento levanta la vista y, por primera vez, puedo verle los ojos
claros. |
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