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La mujer que estuvo
llorando a mi lado acaba de bajarse en Areeiro. No sé por qué insisto en
seguirla con la mirada mientras ella recorre sin ganas la planicie del
andén, un poco errante, yendo y viniendo extraviada, arrastrando los
zapatos y el rostro y vaya uno a saber cuántas cosas más.
.
Bajo levemente la vista, revuelvo las manos: entre las piernas tengo una
bolsa, en mi memoria el sonido vívido de su llanto. Todo lo tangible queda
relegado y de pronto es superfluo. Sé que dentro de la bolsa hay un vestido
para mi madre. Sé que las puertas del vagón aún están abiertas y que el
tren, en efecto, continúa detenido. Sé que la gente espera de pie y
también sentada y que en cierto recoveco, debajo de aquel asiento o sobre
la maqueta gomosa del suelo, en el sudor que pegotea los dedos al hierro
del pasamano, en las yemas de esos dedos, la suerte juega a la escondida y
los segundos son minutos y los minutos horas y las horas compases que
terminan siendo el corazón de una vida.
.
Pero lloraba, la mujer.
.
Había subido una estación después que yo, en Baixa-Chiado, la segunda
parada de este tren con dirección Campo Grande, destino al que me dirijo
después de una larga jornada de turismo, que comenzó sobre las nueve de la
mañana, cuando salí del hotel y desayuné y fui hasta Cais do Sodré para
tomar otro tren costero y trashumante que me depositó por fin en Estoril.
Y ahora Estoril no es más que un efímero recuerdo que se opaca o disuelve
bajo el candor de esa mujer, de esa, la que todavía puedo ver a través del
cristal de la ventanilla. Las puertas siguen abiertas y los desconocidos
se miran entre sí como si en el otro rostro estuvieran las respuestas de
lo que nunca pudo ser. |
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