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Vas poniendo las piedras una a
una sobre un cuadrado medio cachuzo que trazaste -con tiza- en la
explanada. Cada piedra pesa lo que pesa el tiempo y arrastrarla te supone
contar los segundos, los minutos: el tiempo, que siempre son sudores. Pero
ahí vas vos: fiebre y nicotina en un rinconcito de la almohada. La segunda
parte es todavía peor. Y peor todavía será la tercera y la cuarta y la
decimoquinta. Ya lo sabés: siempre lo supiste: alzar las piedras para
colocarlas en el lugar exacto, una a una, trepar con el peso a cuestas
hasta alcanzar el nivel y sólo entonces soltarla. Vas y venís, vas y
venís. Vas cargado pero volvés sonriente, paciente y consciente de que
pronto, cualquier día, al volver con el único peso de la sonrisa y la
paciencia, verás que solamente queda una, la última, la que corona y hace
pico y completa. La mejor: la que abra con una llave rota el candado
milagroso de lo que siempre quisiste ser. |
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