|
|
|
|
El bebé se mete arena en la boca: hace como si masticara moviendo apenas las
encías, lentamente, frunciendo la redondez de su carita de bebé escondida
bajo una gorra de visera. Nunca pronunció palabra en sus ocho meses de vida
pero esta tarde se estrenará. Mientras tanto, tiene la mirada entretenida en
algo que un adulto ha olvidado para siempre y el almidón de los pañales le
limita los movimientos, que son rudimentarios y hasta mecánicos. Es blanco y
muy rubio pero de mayor perderá fulgor y terminará asemejándose al padre.
Por lo pronto, no puede reconocer su destino. No. Y tal vez cuando lo haga
no podrá cambiarlo. Sí: está sentado bajo la sombrilla, casi pegado a la
tumbona de la madre. El sol aún no alcanza a darle de lleno aunque medio
brazo y media piernita estén fuera del círculo de sombra. |
|