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En aquella esquina,
cuando era 1977, Marta y Angelito se dieron el primer beso. Anochecía y
ella —dieciocho años (la piel tan blanca, los ojos así como flotando entre
los párpados)— le preguntaba hasta dónde me querés. Angelito tenía
veintiuno: enérgico y un poco trashumante: con esos pelos y esa barba y
esos sueños: hasta el cielo, le susurraba al oído. La gente diría que se
quisieron pero que eran otros tiempos. Marta y Angelito no volvieron a
besarse. Ni volvieron a verse porque efectivamente eran otros tiempos y el
amor respiraba dentro de un sarcófago. Una tarde, cuando era 1987, Marta
pasó de modo casual por aquel sitio. Iba en taxi. «En esta esquina»,
balbuceó, «una vez, un chico me dio el primer beso». Entonces oyó la
bocina y los gritos del taxista y sintió cómo el coche se detenía en seco
frente a un colectivo de la línea 113 ó 133. Se alzaron las voces y ella
apretó los párpados: en el aire fue 1977: Angelito empezaba, de pronto, a
correr como un loco: había coches, sus faros cegadores, bajaron hombres
arengados. Uno la agarró de los pelos. Marta sintió el tirón y abrió los
ojos: el taxista le pide disculpas pero a Marta ya no le importa porque
mientras se alejan vuelve a escuchar los gritos y vuelve a ver cómo
Angelito huye a la carrera y también cómo se estampa contra esa señal de
vialidad que pone ZONA DE DETENCIÓN: y cae al suelo: y lo intenta, claro:
pero los hombres lo rodean y sueltan carcajadas atroces que se licúan
contra la soledad de la noche. |
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